Reflexiones sobre participación, cultura y cultura participativa.

Para explicar la participación como un proceso cultural es necesario revisar y recrear la cultura desde el referente participativo. Si bien la cultura tiene varios enfoques dependiendo del marco teórico al cual uno se acerca, la pretensión del presente trabajo intenta encontrar insumos desde la sociología de la cultura y de la psicología social de la cultura, que consideran la participación como procesos psicosociales que inciden en la construcción de la identidad social, los valores, las creencias, las representaciones que se tienen de la participación y la vivencia de ésta por una comunidad o grupo específico. En todo caso se entiende la participación como procesos facilitadores y mediadores de significados en el proceso mismo de la vivencia de la participación.

La intención estriba en buscar posibilidades de análisis y de intentar generar saberes alternativos que posibiliten la identificación y el acercamiento a la construcción de la participación como un enfoque cultural, necesario e indispensable para dar vigencia al nuevo modelo de democracia radical que se pretende construir en el país.

La investigación apunta a dar una mirada a los sentidos y significados que los sujetos tienen de su propio proceso participativo en las acciones sociales o colectivas que ellos emprenden. El enfoque cultural se centra en la dimensión de la construcción y producción de esos significantes, discursos y oraciones e influencia mediática que como estrategias se han planteado, consciente o inconscientemente, los diversos sujetos participativos para asentarse como modelos de cultura participativa (Álvarez-Uría y Varela, 1999).

Para la psicología cultural, el pensamiento y la acción humana se forman a través de procesos socializadores determinados por los escenarios históricos y sociales. Al decir de Bruner, los seres humanos configuran los significados a partir del encuentro con el “otro”, dando así sentido al mundo que les rodea y a sí mismos

En todo caso, el enfoque psicocultural, la psicología y la cultura están intrínsecamente relacionados y son elementos constitutivos del ser, ya que los elementos que constituyen nuestras subjetividades, son elementos simbólicos -en tanto culturales- que se construyen en un contínuum de relacionamiento con el otro en procesos de socialización.

En esta categorización resultaría complejo optar por una noción de cultura, por lo que interesa determinar qué definiciones se acercan a nuestro planteamiento racional y teórico de la producción cultural en el que se inscribe. La simbolización de la participación como un fenómeno desconocido que se intenta interiorizar para su manifestación entre los ciudadanos; a través del discurso, del debate, del quehacer diario de los ciudadanos en sus diversas prácticas sociales, permiten transmitirlo y reproducirlo como un fenómeno cultural. Intentar estudiar este fenómeno genera ciertamente desconcierto e incertidumbre ya que hay diversas formas de abordar e interpretar el comportamiento de los seres humanos.

Se ha intentado profundizar desde los diversos aportes de las ciencias sociales, desde la racionalidad, y no precisamente desde la academia, procurando relacionar los diferentes referentes en cuanto a estas categorías.

Desde el enfoque sociológico al decir de Durkehim, las cosas y los fenómenos son históricos y cambiantes con el tiempo, por lo que las formas de ver el mundo y una historia no es siempre una misma historia, ya que los fenómenos culturales como sociales son siempre fenómenos históricos. En este marco, la cultura participativa se centra en una coordenada específica de espacio y tiempo. Por ello se aborda el enfoque de análisis desde la perspectiva de Bourdieu. Gran parte de su trabajo se centraliza en cuestiones culturales y simbólicas. A pesar de encontrarse de este autor poca bibliografía en español, es clave su análisis desde el enfoque sociológico de la cultura; particularmente en sus textos “El oficio del Sociólogo” y “La opinión pública no existe”. El reconocimiento de este autor estriba en el análisis de las “estructuras simbólicas” como una dimensión de poder; es decir, “otro” en nombre de la legitimidad, del reconocimiento, del desconocimiento de la creencia en virtud del cual las personas que ejercen autoridad son dotadas de prestigio (Pierre Bourdieu, le Sens pratique pag. 243-244)

Al decir de Bourdieu, la sociedad no se organiza a través de solo estructuras y supra estructuras. Plantea un esquema ordenador denominado teoría de los campos, donde lo material y lo cultural se vuelven elementos indisolubles. La vida social se reproduce en diversos campos, como el económico, el político, el artístico, el cultural y social; por lo tanto, la confrontación entre las clases sociales es producto de la forma en que se articulan y se combinan las luchas por la legitimidad en cada uno de estos campos. Para Bourdieu, los campos se constituyen de dos elementos: la existencia de un (capital) común y la lucha por apropiarse de éste. Esto ha generado dos posiciones, la de los que aspiran a ese capital y las que detentan el mismo, por lo que los sujetos participativos en los diversos campos mantienen como nexo intereses, lenguajes, y simbolizaciones comunes; y es en el interior de ese campo que se producen las intervenciones o luchas en la reproducción del mismo fenómeno. Así, quienes detentan el poder, desarrollan estrategias para conservarlo y los que no, generan y promueven estrategias de subversión, aversión, inversión o conversión.

Gráfico 8: Clases sociales en relacionamiento

clases sociales

Si bien el planteamiento de Bourdieu, es interesante no se detendrá la investigación en este campo de análisis, de lucha de clase, la subordinación y el poder, ya que también son categorías que se encuentran en constante discusión y producción teórica, obligándonos posiblemente a analizar cómo las estructuras internas de esos sistemas se vinculan con la sociedad. Se considerará relevante a la investigación del proceso de producción y apropiación de la cultura particularmente la participación. El planteamiento central de Bourdieu se centra en el hecho de que la cultura es una manifestación política y que la política es cultura, por lo cual es necesario reconocer cómo esta cultura se manifiesta de manera particular en los diversos tiempos y espacios.

En Homus Academicus Bourdieu se manifiesta que uno de los efectos de la crisis democrática más importante, es la revolución simbólica, cómo se transforman los modos de pensamiento y de manifestación de vida de los ciudadanos; es decir la dimensión simbólica de la existencia cotidiana. De allí que la participación sea un elemento de producción cultural que se construye simbólicamente a través de los discursos y prácticas institucionales que pretenden llegar por distintos canales comunicativos al ciudadano, y para su reproducción se llevan a cabo diversos procesos de relacionamiento cotidiano- reuniones, diálogos, asambleas, etc.- que permiten a los sujetos participativos transmitir y apropiarse del significado de participación en un proceso de asociatividad o colectivo.

La complejidad del análisis de la participación como una manifestación social desde la perspectiva de las ciencias sociales es nova, ya que convencionalmente estas la han asociado particularmente con la participación política o la manifestación de prácticas culturales de la política, estacionándose más en el análisis de las prácticas culturales como fuentes de influencia en lo político, por lo que en términos de esta investigación la cultura participativa se podría concertar en el “conjunto de signos, símbolos, representaciones, modelos, actitudes, valores, etc., inherentes a la vida social”. La cultura se construye no sólo partiendo de las influencias locales, sino también en virtud de las representaciones simbólicas que nos llegan a través de los medios masivos y comunicacionales. (James Lull. Medios, Comunicación, Cultura. Aproximación global. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1997).

Por ello, desde la lectura de la sociología política y la cultura política, se plantea la articulación y reproducción de esta manifestación cultural desde tres dimensiones, en la tradición de Almond y Verba las siguientes:

Una dimensión cognitiva que hace referencia a los niveles de conocimiento y racionalidad en la que los ciudadanos poseen a la hora de manifestar sus actitudes y sentimientos respecto a su predisposición a la hora de participar. Una segunda dimensión tiene que ver con una dimensionalidad afectiva, es decir relacional con los sistemas, estructuras e institucionalidades (desde la lectura de la cultura política ésta orienta a los sujetos en términos de tomar distancia o proximidad respecto al sistema político, en nuestro caso a la proximidad o distancia al sistema macro social, y es aquí donde la identificación, la identidad con los proyectos sociales y personales hacen sinergia a través de la articulación de estrategias y mecanismos de participación que le permiten o no adherirse a un proyecto revolucionario o no del sistema macrosocial). Al criterio de Almond y Verba existe una tercera dimensión evaluativa del sujeto respecto a la valoración que éste da al sistema y sus diversos componentes, por los cuales percibe la existencia de incidencia relacional entre el sujeto y el conjunto del sistema.

Gráfico 9: Dimensiones articuladoras de Cultura en el ámbito político

dimensiones

El eje central y la dimensionalidad integral del nuevo marco constitucional respecto a la participación tiende a englobar el análisis a determinantes sociales de la participación como edad, instrucción, género y sexo, etc., lo que determina el sostenimiento e incorporación de elementos psicosociales como elementos estratégicos para la vigencia de la participación como lo son normas, recursos, e instrumentos comunicativos e informativos, de modo que los ciudadanos desde sus primeros años aprendan no solo la noción conceptual de derechos sino también su ejercicio a través de procesos relacionales entre los individuos, la sociedad y el Estado (Fernández; 2005). El enfoque dado desde la cultura política ha sido centrar la participación en elementos de emergencia y reivindicación de los ciudadanos. Las necesidades sociales, la privación y exclusión, descontento, frustración, marginalidad y pobreza, han sido asumidos como consustanciales de la participación ciudadana y sus procesos organizativos, asociativos y de promoción de la movilización social. En cambio, desde el enfoque de la cultura participativa, la emergencia no es la reivindicación, sino la exigibilidad y el ejercicio pleno de los derechos, lo cual se ampara en la norma suprema del Ecuador.

Pero la implementación de estrategias para la producción y reproducción de una cultura participativa no es simple, puesto que la existencia de problemáticas y necesidades per se no generan participación y no todo proceso organizativo o asociativo promueve una, esto, al decir de Senplades (2010), los grupos poblacionales marginados y en pobreza participan mucho menos que los grupos elitistas y de poder. El cambio estructural de la República, de una democracia representativa a una radicalmente democrática y participativa, no la genera y produce automáticamente este nuevo modelo de estado y de gestión de la cosa pública, debe promovérselo y potenciarlo efectivamente desde la propia localidad e identidad de cada ciudadano, desde la etariedad, integeneracionalidad, la bioética y la interculturalidad. Como sostiene Brand (Centro de Investigaciones de la Comunicación.CINCO, Jóvenes y cultura política en Nicarahua), las actitudes sociales de los individuos son claves en “la configuración específica de concepciones del mundo, ideas y emociones, temores y esperanzas, creencias y utopías y sentimientos de crisis o de seguridad, de pesimismo u optimismo que prevalecen en el periodo considerado”. (Jóvenes y cultura política en Nicarahua.pdf: p23).

Gráfico 10: Sujeto de participación y democracia radical

democracia radical

La generación presente de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos se encuentran atravesando por un proceso de “época de cambio”. Hasta ahora han ejercido y aprendido a relacionarse entre sí y con el Estado desde diferentes posiciones y contextos de exclusión, mutando o transmutando a un proceso constitucional de inclusión que transforma sus formas de entender el mundo y la sociedad, que ha generado más incertidumbre que certezas en los modos de modos de re-organizarse y relacionarse como sociedad, comunidad, familia, hombres y mujeres, y, como padres e hijos.